Tiempo en potencia. "El momento justo"
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viernes, 28 de mayo de 2010

Sacerdotes y pedofilia


    No hay que ser demasiado suspicaz para darse cuenta que actualmente existe una desatada campaña de desprestigio contra la Iglesia Católica, fruto de los muchos, dolorosos e imperdonables casos de pedofilia de los que se ha sabido.

    En efecto, aun cuando estos terribles hechos no tengan justificación, e incluso en algunas situaciones resulten más graves que el común de los casos, hay que ser mínimamente objetivo para intentar ver las cosas en su justa medida, para lo cual –creo– resulta muy iluminador tener en cuenta algunos datos.

    El primero, es que muchos de los casos que ahora se ventilan corresponden a situaciones acaecidas hace 30, 40 o incluso 50 años atrás, por lo que no se trata, como muchos pretenden, de una “epidemia” dentro de la Iglesia. De hecho, que todos estos casos sean puestos ahora en la palestra, es una buena prueba de este auténtico complot contra la Iglesia.

    El segundo, es que por desgracia, la pedofilia es una lacra muy extendida, como lo confirma el constante desmantelamiento de redes de pedofilia y de pornografía infantil en todo el mundo. Esto significa, aunque cueste creerlo, que la demanda por este tipo de sexualidad es tremendamente alta, lo que muestra que algo muy malo está pasando en nuestras sociedades.

    En tercer lugar, y tomando en cuenta lo anterior, que los casos de pedofilia cometidos por sacerdotes y religiosos no llegan ni al 1% del total (lo cual, se insiste, no pretende justificarlos). Por tanto, un mínimo de objetividad exige que las cosas se contextualicen. Mas no, hoy toda la atención está centrada en la Iglesia, como si fuera la única culpable.

    En cuarto lugar, muchos han alzado la voz, señalando que los casos de pedofilia serían una prueba contundente de lo pernicioso de la castidad, esto es, que precisamente debido a ella, sacerdotes y religiosos han perpetrado estos abusos, como una vía de escape a una sexualidad reprimida. Sin embargo, si esto fuera realmente cierto, podría llegarse a una conclusión asombrosa: que los sacerdotes y religiosos implicados habrían tenido, hasta cierto punto, una excusa o atenuante para cometer estos horrendos actos: precisamente, su castidad. Pero, de ser así (cosa que no lo es, por cierto), ¿cuál es la causa que explica el 99% de casos de pedofilia restante, en que claramente sus autores no practican la castidad?

    Finalmente, y aunque se haya silenciado bastante, la gran mayoría de los casos de pedofilia (se habla de más del 80%) han sido cometidos contra niños y jóvenes, lo cual demuestra que muchos de sus autores son homosexuales. De ahí precisamente la decisión de la Iglesia de hace algún tiempo de prohibir su ordenación, justamente para impedir eventos tan dolorosos como estos.

    En fin, son sólo algunas reflexiones, cuyo propósito es intentar que seamos más objetivos a este respecto.

¿La homosexualidad es una desviación?

Para comprender bien la postura de la Iglesia Católica, es importante distinguir entre la homosexualidad, la persona homosexual y los actos homosexuales

    El término homosexualidad se refiere a todos los actos sexuales que se llevan a cabo entre dos personas del mismo sexo. Son las relaciones entre hombres o mujeres que experimentan una atracción sexual, exclusiva o predominante, hacia las personas del mismo sexo.

    En algunos casos, se ha descubierto que la homosexualidad puede tener un origen físico, ocasionado por falta o exceso de hormonas y puede llegar a ser curada con tratamientos médicos.

    Pero, en la mayoría de los casos, la homosexualidad tiene un origen psicológico, causada por falta de cariño, exceso de severidad o permisividad de los padres, malos ejemplos, desarrollo de malas costumbres y hábitos, alguna experiencia de abuso sexual durante la niñez o fracasos afectivos durante la adolescencia. En estos casos, la persona debe recibir toda la ayuda espiritual y psicológica que necesite.

    Cualquiera que sea el origen de la tendencia homosexual, que la Iglesia deja su investigación en manos de la ciencia, los actos homosexuales son siempre considerados una desviación, porque son contrarios a la naturaleza misma de la sexualidad, cuyo fin es la entrega mutua y la procreación.

    La actividad homosexual no expresa una unión complementaria capaz de transmitir la vida, y, por lo tanto, contradice la esencia misma de la sexualidad.

    Los actos homosexuales son siempre desordenados y contrarios a la Ley Natural, pues sólo buscan el placer por el placer mismo, sin contemplar la procreación y la donación mutua. Eso no significa que las personas homosexuales no sean generosas y no se donen a sí mismas, pero cuando se empeñan en una actividad homosexual, refuerzan dentro de ellas una inclinación sexual desordenada, en sí misma caracterizada por la autocomplacencia.

    Como sucede en cualquier otro desorden moral, la actividad homosexual impide la propia realización y felicidad porque es contraria a la sabiduría creadora de Dios.

    Para comprender bien la postura de la Iglesia Católica, es importante distinguir entre la homosexualidad, la persona homosexual y los actos homosexuales.

    La Iglesia acepta a las personas homosexuales como hijos de Dios y como miembros de la Iglesia llamados a vivir en castidad toda su vida.

    De igual manera, la Iglesia reconoce que existe la homosexualidad como tendencia, por ser un fenómeno que acompaña a la humanidad desde sus inicios.

    Lo que nunca podrá aceptar la Iglesia, son las prácticas o actos homosexuales, que en todo momento son pecaminosos, por ser contrarios a la naturaleza humana y al plan de Dios para los hombres.

    Existen textos muy claros en las Cartas de San Pablo (Nuevo Testamento) donde condena estos actos y la doctrina de la Iglesia vertida en el Catecismo en el número 2358 es muy clara también al respecto.

    Por tanto, aceptar a las personas homosexuales o aceptar que existe la homosexualidad como tendencia, no significa que la Iglesia acepte las prácticas homosexuales.

    Las personas homosexuales deben ser respetadas y acogidas por la sociedad y la Iglesia los invita a vivir en castidad, puesto que los actos homosexuales son contrarios a la ley moral y por tanto, constituyen un pecado grave.